Martes 12 de Diciembre de 2017
Viaje en el tiempo.


Una noche que me acompañaba con sus silencios, mientras los colores que fluían por mis manos activaban mi imaginación exacerbada, de pronto me vi caminando por calles empedradas, con enormes losetones rectangulares de piedra gris claro.

En un atardecer de verano con el cielo encendido de rojos y dorados, había árboles inmensos en el camino (creo que eran Dragos), que daban acceso a un templo gigantesco, con columnas inmensas (y si las del templo de Luxor me hicieron sentir pequeño, estas apabullaron mi alma).

De pie, en el centro, la Gran Sacerdotisa Tolteca. De piel cobriza, radiante, me observaba con una sonrisa amistosa. Con casi dos metros cincuenta de altura, vestida con una túnica de color violeta, llevaba en la cabeza una especie de casquete con una enorme piedra violeta engarzada en la frente, moviéndose y emitiendo rayos del mismo color.

Tenía los brazos, desde las axilas hasta los dedos, cubiertos de brazaletes de oro, y en los dedos los mismos dedales que usaban los Mandarines en China.

Desde su derecha se acercó un sacerdote estudiante; le traía esencias perfumadas, con un aroma similar a los nardos al caer la tarde, y ella se enjuagó las manos.

Cuál fue mi asombro al ver que ese muchacho de vidas pasadas, con una especie de chiripa, el torso desnudo y adornado de collares, es un amigo de Trenque Lauquen y en la Gran Sacerdotisa reconocí a su Madre.

La escena se fue esfumando. Los colores de mi pintura volvieron a su lugar. Con el perfume de las esencias y la complicidad de la noche, que en silencio me acompañaba, miré la hora: eran las tres de la madrugada.


Portal hacia la libertad. MG_

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