Martes 12 de Diciembre de 2017

Los seres humanos somos una inagotable fábrica de pensamientos, a velocidades impensadas, cada uno teñido de los colores inherentes a nuestro estado de ánimo emocional que rodean nuestro cuerpo físico a nivel invisible para nuestra vista.
Los pensamientos son emanaciones de nuestro yo, cada uno de ellos es un pedacito de nosotros mismos.
La fuerza de nuestros pensamientos va impregnando los espacios que habitamos y los objetos que usamos, magnetizándolos con nuestra energía. Cada pensamiento tiene forma, que puede desvanecerse inmediatamente o ir cada vez más haciéndose concreta de acuerdo al interés que tengamos en él.
Qué quiero significar con esto: que vivimos generando “formas de pensamiento”.
De la misma manera que se impregnan en nuestras casas, objetos, tenemos la posibilidad, algunas veces, de ingresar a otras mentes imponiendo nuestro sentir y pensar.
Por eso la importancia de nuestra ropa, porque esa emanación substancial es absorbida por nuestros vestidos.
Si llevamos vestidos viejos habrán sido impregnados por los sentimientos acumulados a través del tiempo, especialmente el de las últimas veces que lo hemos usado. Las formas de pensamiento son un reflejo de nuestro yo actual.
Es en la trama de los tejidos donde quedan acumuladas las emanaciones pensadas y sentidas.
Al ir envejeciendo, las prendas quedan saturadas de nuestros pensamientos; al usarlos nuevamente podemos repetir los estados que ya hemos vivido: de tristeza, irritación, miedo, ansiedad, etc., que sentíamos cuando los usábamos.
Con ello cargamos a nuestro yo actual interfiriendo con estados mentales ya pasados.
Cuando llevamos ropa nueva, se modifica nuestro sentir al estar envueltos con otras vibraciones. Al usar ropa nueva, libre de todas las emanaciones mentales de otra época se ordena nuestro pensar y sentir.

Llevando ropa vieja vamos perdiendo la vitalidad, por estar cargados con el peso de pensamientos viejos, ya muertos.
Si prestamos atención a la naturaleza, veremos que nunca se queda con lo viejo, cambia el follaje de las plantas, los animales cambian el pelo. La naturaleza nunca economiza en vestidos, los pájaros cambian su plumaje, cambia el color de las flores.
¿Imaginan lo deslucidos que se verían los paisajes si no cambiaran su ropaje?
Ahora contamos con una infinita variedad de colores, texturas y elementos para cambiar nuestra ropa, los enseres de la casa, los muebles. Recuerdo que en la década del ‘60 comenzaron a popularizarse colores que hasta ese momento sólo existían en la naturaleza, y hoy podemos lucirlos renovando nuestro ser.
La espiritualidad significa siempre tener una más fina o aguda percepción de todo lo que es hermoso.
Una mentalidad común y sin interés por crecer y evolucionar, no puede apreciar los colores y matices de un atardecer.
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MG
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